AND YOURS

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5.6.10

Mariposas y cebras



Well she's walking through the clouds
With a circus mind that's running round
Butterflies and zebras
And moonbeams and fairy tales
That's all she ever thinks about
Riding with the wind.

When I'm sad, she comes to me
With a thousand smiles, she gives to me free
It's alright she says it's alright
Take anything you want from me,
Anything.

Fly on little wing,
Yeah yeah, yeah, little wing

28.4.10

16.4.10

Elijo lo aleatorio



No sé lo que me depara esta vida que llevo. Puede que pierda la cabeza y mi cordura se vaya volando tras los nubarrones que se llevan la tormenta.


Ya que la dignidad no me vale, ni el ahínco con el que hago (o más bien prentendo hacer) las cosas, ni la razón, ni el valor, ni la resistencia a los golpes y las caídas; ya que nada de esto me es útil ahora que el mal tiempo se ha ido, que no hay nada duro que soportar, que llega el sol, nacen las flores, cantan los pájaros, huele a buen tiempo... puede que sea el momento de dejarme llevar.






No sé qué me depara esta vida que llevo, pero yo sí sé lo que quiero de ella.

10.3.10

La vida breve de una chica de ciudad

Salir del vagón del metro mirando al suelo para ver la distancia, profunda y oscura, que separa tus pies del andén. Correr con sutileza para ser la primera en subir el próximo tramo de escaleras mecánicas, por darte el gusto de, luego, quedarte parada, subiendo al son de la cadena dentada que mueve la maquinaria de los escalones, bajo tus pies; y ver a la gente subir con calor, y con prisas absurdas escalón a escalón, a veces con desparpajo, a veces con torpeza, a veces con cansancio...Fijarte en un brazo de una mujer, esbelto y delicado, cubierto por una manga negra semitransparente que cubre hasta su muñeca; y mirar a continuación el brazo de un vagabundo, con un abrigo verde roído, pestilente. Da igual. Sigues subiendo despacio, contemplando la claridad del metro, de los tubos de luz que serpentean los pasillos y suben a tu mismo ritmo las escaleras. Un dolor punzante en la falangina del anular derecho te despierta de la ensoñación urbana, y en ese momento te percatas de que los tontos sucesos son ideales para escribirlos. La vida cotidiana que me aplasta de tan monótona y fatigante plasmada a modo de retrato de un yo deprimido, de un yo del día a día, del yo que sufrimos todos a diario en los gastados pasillos subterráneos.

Salir a la calle por la sucia boca de metro. Sentir el frío de un tardío invierno, sentir las últimas gotitas de una tormenta que ya se fue, el aire helado que te parte la cara en contraste con el aplastante calor de allí abajo. Dar las gracias por llegar ya a casa, porque el día se ha acabado y las horas que te quedan las vas a malgastar pensando en nada, apartando las responsabilidades, hablando por teléfono, chateando o perdiendoeltiemponosesabemuybienenquéperoyasonlasdoce. Darte cuenta de que te meas y acelerar el paso. Sorprenderte de pronto con el sonido de los coches en la carretera, preguntándote si los habías omitido o si no había hasta ese momento. Sonido que rompe dolorosamente la vaga imágen que vas recopilando del momento y, sin preaviso, oír exclamar a un pensamiento: “no me voy a acordar de todo lo que quiero relatar, de todo lo que compone este momento tan normal, pero a la vez tan extraño”. Cruzar la calle. Ver a un skater, a un anciano, a dos heavys, a dos chinitas…Preguntarte si todo esto podría ser un sueño. Preguntarte porqué siempre te preguntas lo mismo.

Llegar a casa, aliviar urgentemente tu vejiga. Sentarte a escribir estas palabras, disfrutando de la construcción, sonriendo, dando las gracias, siendo feliz...

7.2.10

Un mundo de idiotas

Había una vez una muñequita estresada, a la que estudiar la hormona mucho, que se tenía que currar las cosas en último momento, y apurarse y perder el culo; aunque luego obtiene buenos resultados, lo cual no es justo ni para ella (pues algún día se tendrá que caer, y cuanto más tarde y más arriba, más daño se va a hacer la muñequita), ni para los demás. Mucha gente quiere matar a la muñequita por esta razón...

Realmente esta muñequita es un poco estrafalaria y curiosa. No es como mucha gente que dice que no estudia y luego es dios (realmente esa gente no existe, y estudian en secreto y se tienen que esforzar mucho mucho para seguir aparentando ser tan dioses); la muñequita estudia mucho pero no es mentira que se agobie porque lo ha dejado todo para el último momento.

Tampoco es que no le guste estudiar... le apasiona aprender y aplicar lo que sabe, o lo que cree que sabe, a la vida, a su forma de hablar, de mirar las cosas, de reir...

Su familia suele estar orgullosa de que la muñequita sea una chica lista, pero en silencio la presionan para que sea mejor de lo que es. Porque saben que puede serlo. Y la muñequita también lo sabe pero no quiere serlo, o no sabe (y por eso lo justifica con no quererlo).

La gente lista no es feliz, cosa que la muñequita no soporta.

Por otro lado, la gente feliz no se entera ni de la suerte que tiene de serlo; ni saben que son felices. La muñequita busca la inconsciencia aposta, le gusta ser tan despistada y tan caótica. Le gusta reirse de sus propias lerdeces. Se equivoca en las mayores tonterías, cometiendo errores catastróficos...

La muñequita es tonta (de verdad y de mentira) y vive la vida junto con otros tontos felices. Y que la filosofía se la queden los suicidas, las matemáticas los cobardes y las ingenierías los sosos.

"La gente lista da asco", dice la muñequita, "no se saben reír".

29.11.09

A veces diferente, como todo el mundo



Un cuento cualquiera (18/07/08)

Había una vez cualquiera un cuento cualquiera. Era un cuento que quería emocionar a muchos niños, cualesquiera que fuean, para que ellos, al crecer, se lo contaran a sus hijos, con nombres cualquiera, y ellos a los suyos, hasta convertirse en un cuento famoso y propio del folklore popular. Cualquiera que fuera la ciudad o el idioma utilizado, el cuento se contaría con toda plenitud y con toda su intención, cualquiera que fuera, claro.

Su protagonista, un niño, cualquier niño, vivía en una ciudad de tamaño cualquiera con habitantes de cualquier personalidad y temperatura cualquiera. Solía pasearse por cualquier lugar y hacer cosas, cualesquiera que fueran, siempre con el ánimo del resto de habitantes de la ciudad; esto es, con cualquier ánimo.

Pero el niño, tan harto de todos estos hábitos, cualesquiera que fueran, decidió algo muy peculiar, extravagante dirían algunos, temerario dirían otros, insolente dirían los demás. Decidió ser diferente, no ser un cualquiera, sino llamarse Cualquiera. El pobre niño Cualquiera (con mayúscula) no recibió mucho apoyo, por no decir que no recibió apoyo ninguno.

Acabaron por echarle de la ciudad. No oficialmente, por supuesto, sino, como ya se sabe con estas cosas en las que impera la ley del chismorreo pueblerino y la opinión del vulgo cualquiera, le hicieron poco a poco el vacío: le miraban mal, le enviaban anónimos (bueno, más que anónimos cartas firmadas con todas sus letras: "tu vecino, cualquiera que sea", "cualquier panadera", "frutero cualquiera"...), etc.

Así que el niño Cualquiera (con mayúscula) tuvo que irse. Pero irse tanto de esa ciudad como de todas las demás. Esto fue así porque las noticias volaron de ciudad en ciudad, los periódicos de esa ciudad, cualquiera que fuera, se mandaban por correo con destino "Ciudad cualquiera" y remitente "Cualquier ciudad". Y así repetidamente por el resto de ciudades cualesquiera.

Aunque en un principio el niño Cualquiera se sentía fatal por tan propia decisión, poco a poco en él floreció un sentimiento extraño a la vez que reconfortante y, sobre todo, único. No sabía definir qué era, pero sabía que no era "cualquier" sentimiento, que era suyo y nada más. Y por lo tanto único. Y por lo tanto suficiente para sobrevivir en cualquier rincón, dando la importancia a ese rincón para que dejara de ser cualquiera. Y entonces sonrió, con una sonrisa que cualquier persona podía ver, pero que sólo el niño Cualquiera entendía y amaba.

15.10.09

Corre

Le vino un impulso desde lo más hondo de las entrañas. Caminaba entre la multitud, absorta. Mente en blanco, uno de esos momentos en los que despiertas de la nada pensando qué pensabas y qué te hace seguir ahí...aquí. Ansiedad. Miró a su alrededor con la sensación de que nada era real, no podía serlo. Las miradas vacías, las sonrisas perdidas... no podía ser real una realidad tan palpablemente sosa, absurda, desgastada.


Se preguntó por qué no se caían todos los edificios encima de las cabezas obnubiladas de toda esa gente. Se respondió que porque nadie iba a correr si eso pasaba...Y de pronto, las ganas de huir. Atrapada entre todas aquellas almas que no cantaban; agobiada por no saber si cantaron alguna vez. Y la propia afonía de su espíritu, que la impedía dar la primera zancada, que la impedía salir de la misma red ciega en la que todos se encontraban atrapados, en esa calle tan ancha de esa ciudad tan estrecha.


"Corre", se dijo a sí misma. No deseaba estar ahí, no quería que todos esos ojos anodinos la vieran llorar. No quería ver que nadie iba a consolarla, que nadie iba a pensarla, que muchos de ellos ni la verían sufrir. Corre, joder!" Esa maldita apatía la estaba infectando, y lo sabía, y parecía no poder hacer nada. Esa maldita inercia de no hacer nada, de guardarse los sentimientos y las ganas para otro momento, esa odiosa manera de disimular... ¿hasta cuándo? ¿Cuánto más? ¿Por qué?


Llovía; pero era mentira. Eran sus lágrimas, que rasgaban sus mejillas y se anclaban al aire, para no dejarla avanzar. Hasta las lágrimas no querían actuar. Pero ya estaba bien, se había acabado la farsa. Con todo el dolor de su alma siguió corriendo, esquivando a todas esas ánimas inútiles que la miraban tan raro. Pero no le importó, porque sabía que miraban sin mirar, sin dar importancia...y con las mismas ganas de correr.


Cogió soltura, corría con todas sus fuerzas. Sus labios, cortados por tanto cuchillo de viento, esbozaron la sonrisa de los desvencijados. Y gritó hacia dentro, por la velocidad. Pero siguió corriendo. Hasta que las calles se acabaran. Hasta que el mundo se acabara. Hasta encontrarte.